Muerte y renacer de la inocencia


Como si me hubieran guiado ángeles o musas, por medio de mis acciones y hallazgos, un vídeo ocupa de nuevo el salón de mi casa. He visto algunas películas estos días. Quizá somos más repetitivos y rutinarios de lo que podemos reconocer. Mientras vive, el hombre no deja de ser un animal de costumbres, sin importar tanto lo que descubra, crea o quiera descubrir. 

He visto Pret-a-porter y me ha resultado muy grata y fácil de ver. La manera en que Robert Altman retrata al ser humano, maniático, insoportable, déspota y ridículo, me encanta, aunque sepa que, a pesar de inflar su obra con contenido superfluo, en este caso sobre la moda y la vanidad de la alta sociedad internacional en la capital francesa, con toda su pompa y extravagancia, no pasa de ser un siervo descendiente de Aristófanes y Molière. 

Los personajes se van desnudando poco a poco y el autor insinúa que, más que desprecio, debemos sentir admiración y compasión por estos personajes, personajillos, al fin y al cabo, de poca monta, sin gran inventiva, víctimas de su época y de la absurda sociedad que rellene cualquiera de ellas, más allá de su reputación histórica. Como si estos personajes no dejasen de ser vacuos ni un minuto, a pesar de las esmeradas apariencias. 

Tiene escenas inolvidables que espero recordar por algún tiempo. Sé que no es un examen riguroso y me da igual. Es un tiempo que podría haber invertido en otra cosa, pero yo también soy víctima de mi época, de la ociosidad y, sobre todo, de mi soberbia. Me he sentido identificado, por desgracia, con muchos de los detalles que veía en sus criaturas. No somos tan especiales, ni juntos ni separados. Me gustó la tranquilidad del espectáculo. Me entregué a su trampa, me distrajo y extraje de ella cosas que sé que me resultarán muy útiles. Esto dice bastante poco a nuestro favor, pero es así. 

Tiene estrellas consagradas. Ya conocía a muchas. Las enredaderas son las de siempre, en especial, líos de faldas, lucha por el falso poder y la riqueza. Tal vez no tan falsos, después de todo. No hay sorpresas aquí abajo, nada nuevo bajo el sol. Me gusta cómo persiguen una intriga insustancial para descubrir al final que no era más que otro detalle vulgar que se les había escapado. Es muy revelador. Hablo como si me estuviera justificando. Es porque lo estoy haciendo. Me ha gustado esta maldad. Está muy bien hecha. Aún me parece la más vieja ironía. 

Normalmente, pasamos por alto elaboraciones muy superiores a las nuestras porque vivimos en nuestras cabezas. La mayoría de las conversaciones son monólogos y es lo primero que se diferencia. Hay muy pocos pensadores verdaderos. La mayoría imita pensamientos que no entiende, antes de abandonarlos. Luego, vienen la desesperación y el agotamiento supremos, la Retirada.

El hombre vuelve derrotado, más herido por dentro que por fuera. Tenemos que vaciarnos, tarde o temprano, confesar, como vulgares y graciosos criminales (sólo para los demás), pero tal vez no seamos culpables de los peores crímenes. Sólo de los más insignificantes. Creer lo contrario supondría permanecer en nuestra delirante burbuja de egoísmo, donde reside la cultura. Un lugar demasiado estresante para permanecer todo el tiempo. Hay que salir de vez en cuando, alienarse o, al menos, intentarlo. El hombre se recrea para repetir sus ritos ególatras.  

Sin enemigos, nos sentiríamos realmente solos, mucho más que en cualquiera de nuestros sueños. Es otro de los detalles que más me agradó de la función. Por otro lado, no es necesario mencionar que el actor es un mandado. Por sí mismo no tiene tanto talento. Está exagerado por inercia histórica y conveniencia, como en todo lo demás. 

Se cuenta que Solón llamó a Tespis, creador del teatro y primer actor, para que diese cuenta de su invención. Éste se burló del consagrado legislador y fundador de la Constitución de Atenas, pues era uno de sus siete sabios. Cuando lo hizo, Solón golpeó con su bastón el suelo y profetizó que la comicidad del teatro, la farsa, triunfaría en los tratos comerciales. No le hizo falta siquiera insinuar el desastre que supondría para todas las sociedades, incluida la suya. En este caso, parece que era un mal innecesario y el sabio tenía razón. Pero, tal vez, los males innecesarios también sean inevitables. 

La ira del cielo es el desprecio de la tierra. Creo que no podemos resistirnos al vacío de nuestras acciones o del que las precede. Si tenemos suerte (o no) lo acabamos recordando. Recordamos el vacío, lo único verdaderamente dramático. Tal vez lo único real. Somos responsables de todas formas, pero nuestras culpas no son terribles. Sólo son ridículas. Lo que disfruto de nuestra empatía es esa consolación de los perdedores que se permiten razonar para sí mismos y decirse: a ver lo bien o mal que huyes, refiriéndose a uno mismo y a los demás, pues no somos diferentes. 

Me alejo cada vez más de este mundo absurdo y tal vez sea mejor así, pero siento que lo necesitaré más en el futuro, cuando esté más cerca de comprender que no puedo cambiarlo y que lo necesito tal y como es. Me preocupa lo que no imito todavía de mis antecesores. Eso es todo. Como cualquier otro, un anónimo más, me basta con que me hagan caso y, esencialmente, no importa mi genialidad ni su fingimiento. Esencialmente, no importa nada. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Heroica emasculación

Aventura anónima

Algo sobre Oppenheimer