Marte


Estoy francamente impresionado por el cambio que ha experimentado el imaginario de las películas sobre el espacio. Parece que, con todo el revuelo positivista que hay montado en los medios de comunicación y la sociedad en general, va camino de convertirse en otro subgénero fílmico: el drama espacial. 

Hablo de la nueva peli de Ridley Scott, The Martian. En esta ocasión, el héroe mitológico (a su vez, líder espiritual) es apartado violentamente de la sociedad y desde un principio vemos la contraposición de dos mundos: el mundo físico y tangible, el mundo cotidiano y el mundo de Marte, inhóspito, peligroso, completamente apartado, prácticamente inexistente o inaccesible (el Futuro, lo desconocido). 

El estertor de Robinson Crusoe, idealización del hombre solitario y pragmático, que lucha por sobrevivir (y que personifica a su vez los ideales de la sociedad civilizada) es claro desde el principio. Se puede resaltar la importancia aparente que se le da a la resolución de problemas, base de la sociedad occidental, revestida siempre de moralismo polémico y vivaz. Motor de la historia para algunos; su freno para otros. 

No es necesario mencionar los tópicos evidentes, respecto al despilfarro y la histeria colectiva, pues se trata de una película ya de por sí bastante tópica, a pesar de la distracción de la estética y los diálogos. Reconozco que mi principal prejuicio consiste en lo siguiente: nos venden que estamos al día por resignarnos al declive y próxima extinción de la sociedad industrial, al menos tal como la conocemos.

Me remito a la imagen que se nos da ahora del espacio, mucho más realista, completamente amoral e impersonalizada (esto viene sucediendo desde antes de la última de Christopher Nolan, probablemente), mucho menos romántica y brillante que aquellas películas intrigantes y llenas de fantasía infantil y deliciosa de las películas de Star Wars y todas sus emulaciones. Las estrellas brillan menos y se presta más atención a la tecnificación de las máquinas (de artesanía humana) y a sus periplos espaciales. 

Este aspecto me parece responsable, pero creo que se ha debido, como siempre, más a la fuerza de la situación y de la costumbre que a un esfuerzo deliberado por ser favorable a los ojos del vulgo. Lo que quiero decir es que Hollywood está pasando por una crisis seria de creatividad y nuevas ideas, en contra de lo que parezca o quieran hacer parecer, máxime con la agresión de la televisión por cable y de internet. 

En cualquier caso, he disfrutado con algunas escenas, sobre todo con esa inverosímil resignación del protagonista y su frialdad a la hora de tomar las decisiones acertadas, muy típico del Ulises de cualquier época, por mucho que se le maquille de humanidad transmoderna. No me sorprendió, por otro lado, que Matt aceptara el papel y le diera su toque personal de listillo simpático, jovial. Creo que adora ese alter ego y se siente en él más cómodo que en ningún otro, pero no sé cuánto distará este de la realidad. 

A veces, sigo preguntándome cómo puede impresionarnos tanto un sueño falso y deseable, si ya conocemos el truco, pero sólo podemos seguir adelante y los héroes serán siempre inalcanzables. Van por delante, marcando nuestro futuro, inexorablemente y nadie es como ellos. Los de carne y hueso, al menos los que yo he conocido, somos bastante más normales, pero nos encantaría ser como ellos y nos sentimos inferiores por este mismo motivo. 

Esa última escena, cuando consiguen atrapar al vuelo a Matt en la peripecia del clímax, me pareció especialmente absurda y gratuita. En la ilusión de la trama, pincha un guante de su traje para volar hasta ellos; lo que, quizá, en la vida real (no soy astrofísico ni nada por el estilo) le hubiese congelado o explotado el brazo, o tal vez el resto del cuerpo. Me llamó especialmente la atención, por la falta de sentido y de vergüenza, en esa trampa. 

Cuando veía esta película, no dejaba de pensar en el tiempo que estaba perdiendo al hacerlo. Una idea más pesada y sensata me insinuaba que, en realidad, no estaría haciendo nada mucho más provechoso. Y en el fondo lo que pasa simplemente es que no quiero aceptar, de ninguna manera, que me parezco cada vez más a Sartre, pero con más mal humor y algún que otro delirio histriónico (para liberar la tensión). Aún así, no estoy seguro, pero no creo que sea importante. Por la época en que me ha tocado vivir, seguiré viendo alguna que otra película más, aunque sea por accidente, como ha sido en este caso. 

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